Slowear Project-Moda sostenible

Sobre quién recae la responsabilidad del cambio social es la eterna pregunta formulada en todos los foros en busca de unas condiciones más justas de convivencia.

Por Laura Rockbell.

Parece una respuesta instintiva la de buscar un culpable para las tragedias. Nos resulta difícil encajar que los acontecimientos pueden deberse no sólo a una simple causa, sino a un amplio puzle de razones. Incluso, deberíamos contemplar que, a menudo, la responsabilidad no recae sobre una persona, pues también puede hacerlo sobre entes sociales o institucionales más abstractos. En lo que respecta al cambio social, suele hablarse de tres frentes implicados: la empresa, el gobierno y la ciudadanía.

Quisiera proponeros un ejercicio en el que reflexionemos sobre la responsabilidad de promover ese cambio social hacia un rumbo más justo. Pero no me gustaría que lo hiciésemos con el dedo preparado para señalar a alguien y después quedarnos tranquilas, sino que lo hagamos con conciencia y sensibilidad, considerando la complejidad de todos los fenómenos sociales.

Paradojas con lógica propia

Retomando los frentes que os comentaba, estos son, la empresa, el gobierno y la ciudadanía, resulta pertinente analizar el panorama desde dos puntos de vista: el acceso y la práctica.

Parece lógico que, a priori, atribuyamos la responsabilidad del cambio al gobierno, sobre todo en un estado democrático y del bienestar como se supone que es el nuestro. No sólo su función es velar por la ciudadanía, sino que dispone de las herramientas necesarias para hacerlo. Las cámaras legislativas, por ejemplo, tienen la posibilidad de presentar propuestas de leyes que supongan una mejora social. Por otro lado, cada vez se habla más de la responsabilidad social corporativa (RSC) de las empresas, entes con repercusión en la sociedad a los que se les presuponen y solicitan unos mínimos de sensibilidad, puesto que su actividad influye sobre las personas.

La responsabilidad del cambio-Slowear Project

La realidad es que a pesar de los instrumentos a su disposición y la capacidad de influencia de ambos frentes, empresa y gobierno suelen tender a conservar el orden sociopolítico tal y como está. Esto nos lleva a un callejón (aparentemente) sin salida: aquellos actores que parecen tener un mayor acceso para producir un cambio son los que precisamente se mantienen inmóviles.

¿Por qué? No os sorprenderá leer que pagar un salario justo a trabajadores y trabajadoras e invertir en que los procesos de producción sean más respetuosos con el medio ambiente es más costoso que no hacerlo e implica un cambio a nivel estructural. Me refiero a que no se trata de sustituir una cosa por otra, sino elaborar un planteamiento completamente nuevo que afecte a lo más profundo. Las muestras de greenwashing que nos han ofrecido las grandes marcas evidencian que sus intenciones van más dirigidas a lo superficial.

El Estado, al final, se convierte en un cómplice de esta situación. Más allá del reiterado reconocimiento a Amancio Ortega, no establece trabas ni penalizaciones para las prácticas irresponsables y tampoco incentiva a quienes quieren desmarcarse de esas dinámicas.

Los cambios estructurales afectan a las bases sobre las que se asienta un sistema, lo que supone que el status quo se altere. Quienes se han acomodado en la cúspide no quieren bajarse de la silla. Pivotar desde una organización social vertical, en la que unos pocos tienen poder sobre otros muchos, a una horizontal, en la que la capacidad de tomar decisiones está repartida, supone para quienes están en la cima una pérdida de privilegios. Y ahí reside la justificación para su inmovilismo.

Redes ciudadanas

¿Qué nos queda? Aún queda un frente por explorar: la ciudadanía. Cuando hablaba de acceso y práctica, la ciudadanía es el ente que, históricamente, ha iniciado los cambios, a pesar de que su acceso a los mecanismos es más complicado tanto por su posición como por ser numerosa, lo que dificulta su coordinación.

A esto hace alusión Manuel Castells en Comunicación y poder (2009) cuando plantea la “sociedad red”, basada en la idea de que ésta se constituye por redes con nodos interconectados entre sí, formados por personas. El movimiento de moda sostenible constituye, por ejemplo, una red. Las asociaciones, las plataformas de consultoría y divulgación (como Slowear Project) o los centros de formación podrían actuar como nodos de esa red.

Tecnología y responsabilidad de cambio-Slowear Project

Cuando las redes “superan cierto umbral de tamaño, complejidad y volumen de flujos”, asegura Castells, “resultan menos eficientes que las estructuras verticales de mando y control”, como los estados y las empresas tradicionales. Pero la tecnología es una aliada para nosotras, pues nos ayuda a “introducir nuevos actores y nuevos contenidos en el proceso de organización social, con relativa independencia de los centros de poder” y a conectar unos nodos con otros, favoreciendo la coordinación. ¡Esta reflexión que estamos haciendo juntas es, de hecho, posible gracias a la tecnología!

Antes de continuar, quisiera exponer un par de casos para que nos hagamos una idea del poder que ya concentran gobiernos y empresas, y el que tiene la ciudadanía, aunque a veces no sea consciente de él.

En primer lugar, el recurso del miedo.

¿Os suena eso de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”? Pues es un argumento esgrimido por las altas esferas, aunque de forma algo más elaborada. El miedo penetra en la sociedad, que teme que aquello que pueda llegar sea peor. Por ejemplo, que combatir y acabar con la pobreza en el mundo conlleve volver a la época de las cavernas. Ante esto, he de responder con preguntas. Primero, ¿de verdad queremos sustentar nuestro estilo de vida sobre el sufrimiento de otras personas? Segundo, ¿hemos comprobado de dónde procede ese mito de que un reparto equitativo desencadena en (re)convertirnos en seres primitivos? Porque si investigamos sobre la concentración de la riqueza en nuestro “primer mundo”, nos damos cuenta de que la redistribución afecta, de hecho, a las grandes fortunas, y no al ciudadano medio.

El miedo y la responsabilidad del cambio-Slowear Project

En segundo lugar, el recurso de la presión.

¿De dónde creéis que procede el interés de las empresas por asociarse con lo sostenible?, ¿de pronto se despertaron pensando en que era necesario? Fue la ciudadanía quien inspiró el cambio de actitud, quien con sus acciones cotidianas les envió un mensaje: “no estamos de acuerdo con vuestra forma de actuar” y sin su colaboración, es decir, su consumo, la supervivencia de las empresas corre peligro. Es cierto que, como todas sabemos, las grandes empresas se relacionan con la sostenibilidad a través del greenwashing, que no es más que un lavado de cara, pero podemos verlo desde un enfoque positivo: esto significa que nuestras opiniones, nuestras acciones, influyen en las empresas.

En Comunicación y poder también podemos leer como en la sociedad contemporánea, el poder impuesto por la fuerza tiene poco sentido, necesita de un acuerdo social. De modo que se avanza a base de negociaciones.

Más allá de la responsabilidad

No quisiera concluir sin lanzaros otra pregunta más. ¿Qué tal si, en vez de pensar en términos de quién tiene la responsabilidad del cambio, lo hacemos sobre quién desea cambiar? Tomemos un papel activo en el proceso, prediquemos con el ejemplo y tengamos en mente las repercusiones de nuestros actos, tanto en quienes nos rodean como en quienes están lejos de nosotras.

Si vivimos el cambio como un deseo colectivo, más que como una obligación individual, el camino se nos hace mucho más agradable.

Ahora os pregunto directamente a vosotras: ¿De quién es la responsabilidad del cambio?