Existe detrás de este término una idea de rebelión, de revolución. ¿Revolución slow?

En un mundo saturado de opciones, donde todo nos hace pensar que somos libres de elegir cómo mudar la piel cada día para sentirnos aceptados, poderosos, subversivos o camuflados bajo el mismo disfraz de millones de personas, hay una cosa que podemos hacer: pensar cómo lo haremos.

Y tras la reflexión tenemos la posibilidad de diferenciarnos del resto, de rebelarnos diciendo NO a seguir haciendo lo mismo. Parar. Bajar el ritmo. Observarnos a nosotros mismos ante el espejo, pero no con los ojos de siempre. Escuchar.

Nuestra ropa dice cosas, nos manda mensajes. Dónde y cómo se cultivó el algodón que la compone, cuantos miles de litros de agua lo regaron; quién la tejió y de qué manera llegó a tener el color que tanto nos gusta. Dónde se cosió y bajo qué condiciones. Nos puede contar el larguísimo viaje que tuvo que hacer alrededor del planeta para que, desde que alguien puso el último botón en un continente lejano, pueda llegar a nuestra tienda favorita el el centro de nuestra gran ciudad. ¡Y a qué precio! Además, justo a tiempo de estrenar temporada o mucho antes de que empecemos a pensar en ello.

Cuando el movimiento Slow Food dio sus primeros pasos hace ya 25 años, para contrarrestar la aparición de los primeros establecimientos de comida rápida en Roma y preservar las tradiciones gastronómicas italianas, nada parecía presagiar que haría falta la clarividencia de Kate Fletcher para aplicar el término a la moda en 2007.

Su compromiso con el respeto por la naturaleza la ha llevado desde entonces a abanderar las prácticas y la investigación sobre sostenibilidad en ese campo, incidiendo en la transformación de los productos, los sistemas y el diseño.

Y llegamos al quid de la cuestión. ¿ Qué es eso de la sostenibilidad? Y ¿ Qué relación puede tener con la moda?

Algo que no se sostiene significa que se cae, que no se mantiene en equilibrio, que falla, que no funciona. Así de rápido y sencillo me gusta explicarlo, no se necesitan más palabras para entender la idea.

Y eso es lo que venimos haciendo desde hace décadas en el planeta. Producir ropa provoca graves consecuencias en la naturaleza y en la vida de quienes se dedican a hacerla. El agotamiento de los recursos, la contaminación y la pobreza son los tres grandes problemas que ha provocado la industria de la moda en los siglos XX y XXI, y no hemos hecho más que empezar. Por eso constituyen los grandes retos que ha de afrontar.

Así que es una responsabilidad compartida por todos los que participamos en ese proceso. Lo peor, a mi entender, es que no nos damos cuenta, que no sabemos, que no nos da tiempo a detenernos a pensar. La información es poder y nuestro dinero también.

Si aprendemos cómo mejorar la parte que nos toca, como personas (como consumidores) podremos contribuir al equilibrio deseado.

Formando parte del club de los rebeldes, diciendo NO a la vorágine de la moda rápida, creo que nos devolvemos la dignidad a nosotros mismos. Somos capaces de hacer grandes cambios y la moda nos brinda una capacidad de transformación del ser humano y del mundo que hemos de aprovechar.

En THE SLOWEAR PROJECT te invitamos a volar hacia otra parte porque tenemos claro que otra moda es posible y es slow.